Home » Variedades » CRÓNICAS PÉRDIDAS. EL DOCTOR DÁVILA

CRÓNICAS PÉRDIDAS. EL DOCTOR DÁVILA

Por el Escritor: Edinson Martínez

Cuando entré a la casa tuve la sensación de que el tiempo se había detenido en ella. El piso, las paredes, incluso, sus colores de entonces, y hasta las mismas grietas que en un tiempo surgieron en el techo, lucían iguales que a comienzos de los años ochenta del siglo pasado cuando dejamos de vivir en ella. Con la vista pude recorrerla en segundos al ingresar con la mente llena de recuerdos, pude apreciarla en aquellos detalles mínimos que todavía conserva mi memoria, y que parecieran imperturbables con el paso de los años mientras caminábamos por sus entrañas. En la habitación donde la encargada nos indicó había encontrado aquella mañana el cuerpo inerme del doctor Dávila, las paredes conservaban el tono rosado pálido que alguna vez exhibieran mientras fuera el cuarto de mis hermanas. Una telaraña como un fino manto en tono marfil desteñido se había extendido generosa en uno de los recodos del techo colindante con la ventana.

Unos metros más adelante, en el otro extremo de la misma estancia, con una sala sanitaria dividiéndolas en dos secciones de similares dimensiones, nos recibía la habitación que compartíamos mi hermano menor y yo hasta que nos mudamos. Allí, también, nuestra abuela velaba sus sueños junto a nosotros en un trio de confraternidad que de vez en cuando recuerdo con nostalgia. La cocina, amplia y colorida como entonces, permanecía intacta, como si ninguna persona se hubiese atrevido a trastocar aquel lugar de celosa dedicación de la abuela y mi madre.

La luz tenue que penetraba por la ventana aligeraba la oscuridad del interior sombreándolo con un aspecto de museo para simple contemplación.  El consultorio donde el doctoratendía a sus pacientes, se había instalado a mano derecha de la sala, en el dormitorio principal de la casa. Allí entré aquella mañana de un lunes ordinario de un mes que no requiere precisión, acompañado por la encargada de la casa y quien por años fuera la asistente del conocido oficiante de galeno. Tenía las mismas características del resto del interior, un trozo del tiempo congelado para admiración de quienes la visitaran. Volver a la casa después de tanto tiempo, fue un acto de curiosidad impulsado por mi madre y una de mis hermanas, porque en cierto momento pasó por nuestras mentes, intentar comprar la casa que fuera vendida a este personaje muchos años atrás.

Un escritorio modesto, una prehistórica máquina de escribir portátil, marca Brother, y un par de sillas plásticas era todo el mobiliario del despacho. Un lugar austero que emparentaba absolutamente con la personalidad asceta del médico. Un hombre de baja estatura con una poblada barba blanca que se alargaba hasta cubrirle el cuello semejando una gran mota algodonosa. Tenía los ojos claros y una tez blanca, algo curtida por el sol inclemente al que se exponía en su diario trajinar de caminatas relajantes antes de emprender sus menesteres curativos.

En su rostro unas largas arrugas le circundaban los ojos, se le extendían hasta perderse entre la densa espesura de los cabellos canosos que dibujaban sus patillas. Esa imagen de místico oriental le concedía un halo de sabiduría etérea, que supongo, por virtud de los estereotipos instalados en nuestra psiquis, era lo que mayormente inspiraba la confianza de sus pacientes. El oficio, según parece, nos va cincelando como el escultor que moldea su obra, a tal punto que nos parecemos a lo que en efecto practicamos. Este hombre no era médico de profesión, era un curandero que a través del iris de los ojos podía diagnosticar el mal que aquejaba a las personas. No les recetaba ninguno de los fármacos o remedios conocidos por la ciencia; ni tampoco, se explicaba en términos médicos cuando precisaba la causa de la enfermedad que afectaba a quienes acudían en su ayuda. Sus diagnósticos eran sencillos, breves, lapidarios en ocasiones, y sin divagaciones que dieran lugar a otras suposiciones patológicas, porque, en efecto, resultaban de la auscultación que con su mirada penetrante de ojos azulados hacía sobre la de aquellos sufridos demandantes de sanación.

No había, entonces, una vez hecho el dictamen, duda alguna entre sus pacientes de aquella causa que ocasionaba la afección de salud que los había llevado hasta él. Posteriormente venia la terapia curativa que a veces se remitía a indicarle a los pacientes se pusieran de pie con vista a la salida del sol, al Levante, en el decir de algunos, y cerraran los ojos, mientras les posaba su mano abierta sobre el cuello por unos relajados segundos en los que musitaba una ola serena de palabras que sólo él conocía.

Un murmullo inaudible que como una brisa serena rozando las arenas de un desierto, va dejando sus huellas sobre la superficie indefensa. Después de unos instantes, los hacía sentar y les escribía unas indicaciones que por lo general consistían en preparados a base de hierbas, frutas y alimentos naturales. Con una serenidad instruida desde las profundidades de lo desconocido, desde el halo enigmático de su andar, las teclas amarillentas de su trepidante Brother saltaban prestas sobre la hoja de récipe insertada en el carrete atormentado por el uso, mientras cada letra dejaba su registro en ella en un secuencia que luego serían las frases de una oración completa; leyenda escueta del sortilegio de la cura anhelada.

Este hombre era un ser ermitaño, vegano consumado y consagrado con devoción a su oficio. De él no se conocía nada más. Durante algunos años estuvo ausentándose y viniendo a la ciudad con relativa frecuencia, eran viajes rodeados del mismo misterio con que se alimentaba su presencia cuando se encontraba en ejercicio de su profesión. Todo en su derredor tenía una proyección mística, de esas que les da sentido y justificación a cada evento con el que se tropieza en la vida. Un día apareció interesado en comprar la vivienda, en una fecha en la que mis padres no bien se habían decidido en venderla; ya no vivíamos allí, tiempo hacía en que nos habíamos mudado de ella; sin embargo, aparte de los rodeos sin fundamento sobre su porvenir, nada había en concreto sobre su venta.  El caso es que el doctor Dávila terminó comprándola cuando realmente no estaba en nuestros planes venderla con la inmediatez con la que se hizo. Casi tres décadas pasaron para que volviéramos, y cada rincón nos hablaba desde nuestros recuerdos de toda una vida construida entre sus paredes. Cuando la asistente nos iba mostrando aquello que ya conocíamos, muchos de los días que allí vivimos desfilaron como una ráfaga de imágenes por nuestro pensamiento. La joven, sin percatarse de ese torbellino de evocaciones que poblaban nuestra mirada puesta en el pasado, nos iba indicando con entusiasmo cada una de las secciones de la casa. También para ella, era un lugar lleno de afectos y recuerdos, en fin de cuentas, había estado familiarizada con la vivienda por muchos años. Al llegar a la habitación de aquel rosado pálido que se negaba a esfumarse, su rostro se quebró en evidente muestra de pesar.

-Aquí lo encontré esa mañana. Estaba acostado en la cama mirando hacia el cielo, con los ojos abiertos y las manos sobre el pecho -dijo, finalmente, señalando un desgastado colchón que se mostraba sin sábanas en medio del cuarto. Un olor a destierro, a humedad con mezcla de abandono flotaba en el ambiente. La mujer descubrió el cadáver del doctor después de un fin de semana al despedirse de él la tarde del viernes anterior.

-¿Murió sólo? ¿No había nadie más en la casa? –recuerdo haberle preguntado.

-Nadie más… él vivió siempre sólo. Nunca quiso que se le acompañara –respondió, y en fracciones de tiempo inestimables, agregó la cantidad de años que el finado había acumulado en su vida.

-Según su cédula tenía ciento tres años cuando murió…

-¡Carajo! ¡Larga vida! –dije, sorprendido. Mi madre me miró con los mismos ojos pardos que nos emparentan, y una sonrisa se le dibujó prístina en sus labios.

-¡Cónchale! La verdad, no los aparentaba. Lucía de mucho menos edad… -expresó a media voz, en tono que evidenciaba su similar asombro con el mío. Observando la habitación como quien pasa revista en giro de trescientos sesenta grados, no pude evitar franquear la distancia que la separaba de aquella que por años fuera la mía. ¡Estaba igual! Semejante al resto de la casa. A veces he soñado con ella, me he visto dentro como en aquellos tiempos adolescentes en que la ocupaba. Nunca imaginé que tendría la ocasión de regresar allí, y, menos conseguirla como reliquia de museo detenida en el tiempo. Recuerdo que una madrugada, ya en los albores del nuevo día, tres golpes sentí en el cristal de una de las dos ventanas del cuarto, tres llamadas seguidas una de las otras, como quien toca una puerta para entrar con el esmero intencionado de espaciar cada uno de los toques. Me desperté enseguida, miré a mi alrededor y todos dormían. Armado de valor salté de la cama y salí corriendo hasta el exterior, hacia el lugar de la ventana de donde provenían las llamadas a un costado de la casa. No había nadie allí, un silencio absoluto llenaba aquel recodo del patio mientras la luz de una luna llena aún permanecía rebelde en el cielo de esa hora.  Le conté a mi abuela horas después, y con su particular modo de decir las cosas, me dijo:

-Eso es alguien que se está anunciando…

Días más tarde un familiar de parentesco relativamente cercano, falleció. Aquella asociación excéntrica de la muerte con las tres llamadas sobre la ventana, ha quedado para siempre impresa en mis recuerdos como una singularidad de esas que jamás se olvidan.

El doctor Dávila estuvo haciendo su trabajo hasta los días finales de su vida. A veces cuando por alguna razón debía pasar por esa calle donde se encuentra la casa, una cantidad notable de vehículos se veían estacionados frente a ella. En el porche, también, varias personas colmaban a título de espera paciente la atención médica que les dispensaba. Es la calle Lara de esta ciudad, una de las más céntricas de ella, cuyos linderos nacen en la propia plaza Alonso de Ojeda, epicentro de su vida urbana, y culminan en intersección con la Piar, varios metros más delante del curalotodo. Esta fue una de las primeras vías construidas en aquella ciudad primaria que caprichosamente se concibió de forma concéntrica. En sus tiempos iniciales, era una callejuela que de noche se transformaba en una boca de lobo plena de terrenos baldíos y enmontados a ambos lados, donde se ocultaban los fantasmas que el alumbrado público hizo desaparecer años después, y que ahora pudieran retornar por su progresivo deterioro. Por años fue la calle del barco porque muy cerca de donde se estableció el doctor Dávila, una embarcación, de esas que luego he conocido como una lancha común y corriente, seguramente de dimensiones modestas, pero como suele ocurrir con las apreciaciones de la niñez; aquello que se observa gigante, resulta, entonces, la más ordinarias de todas las cosas cuando nos llega el discernimiento adulto. No sé, ni sabo –como dice Joaquín Sabina en una de sus canciones– se remolcó hasta el patio grande de una de las pocas casas de la calle y, por años, debajo de un enorme árbol de Caimito, permaneció encallada para disfrute andariego de la muchachada durante el día, y de espanto sobrecogedor por las noches, con piratas, malhechores, un ahorcado y la mujer sin cabezas como habitantes noctámbulos.

Corriendo los meses finales del dos mil doce una mujer de edad superior a los sesenta, blanca y de baja estatura, junto a un hombre de unos cuarenta años, se acercaron a mi bufete recomendados por el familiar de una de mis colegas en la ciudad de Cúcuta, me cuenta otra de mis hermanas. Las personas venían a San Cristóbal en busca de un asesoramiento legal en Venezuela debido al reclamo que se veían precisadas a realizar sobre unos bienes dejados por un pariente difunto. Una vez que despejamos las formalidades iniciales de la presentación, continúa diciéndome, el hombre, un sujeto, también de talla pequeña, que sin habérnoslo dicho inicialmente a mi colega y a mí, saltaba a la vista que eran madre e hijo. Nos expone los detalles de su pretensión. Nos explica que su padre había fallecido en el estado del Zulia, lugar donde nunca ellos habían estado, y al parecer dejaba un par de propiedades. Una de estas en el sur del Lago de Maracaibo, y la otra en Ciudad Ojeda, una casa. Cuando el sujeto menciona éste último lugar, enseguida me sobresalto, sigue refiriéndome mi hermana, y de inmediato le pregunto en qué parte de Ciudad Ojeda. En la calle Lara… me dice con absoluta precisión. Sorprendida, le insisto; ¿en la calle Lara?, ¿y cuál es el número de la casa? Y el hombre me responde: Sí, en la calle Lara, casa número 42. ¡Pero, si allí viví yo! ¡Esa era mi casa!, le dije impresionada. Asombrada por el albur que esto ha significado, una casualidad de las que con acuerdo a las estadísticas ocurrirían en poquísimas ocasiones.  Madre e hijo resultaron tan impactados como yo, y esto sirvió para que formalizáramos en un clima de mayor confianza una asesoría que finalmente no pudo ejecutarse porque estas personas no acudieron nunca más después de esta primera entrevista. Jamás supimos de ellos, me dijo finalmente mi hermana.

Cada vez que doblo en la esquina donde aún permanece la casa, mi mirada inevitable se posa sobre ella. Allí quemó sus naves aquel personaje extravagante depositario de la fe de muchos, el clavo ardiente de aquellos desahuciados aferrados a la última esperanza. Algunos creyeron encontrarla y el placebo de la fe prolongó sus vidas más allá de lo que hubiera sido posible sin ella. Otros, cuando inexorable era su fin, experimentaron, al menos, el desahogo de haber intentado posponer con el último de sus alientos la hora predestinada.

Comparte esta noticia...