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Fernando Haddad, el nuevo candidato del socialismo en Brasil

A comienzos de los años 2000, los estudiantes se disputaban su asignatura de Teoría Política Moderna, que abarcaba de Montesquieu a Karl Marx (especialidad de Haddad): los que no lograban matricularse llegaban a pedirle personalmente a él ir a sus clases, lo que, en general, se les era negado educadamente debido al aforo de las aulas.

Poco a poco fue saliendo de los bastidores políticos del Partido de los Trabajadores (PT), donde había ocupado cargos menores en el ayuntamiento de São Paulo. En 2005 asumió el Ministerio de Educación, donde estuvo hasta 2012, durante los Gobiernos de Lula y Dilma. Con la visibilidad que le proporcionaron programas como el ProUni, que ofrecía becas a la población más pobre, se presentó como candidato a la alcaldía de la mayor ciudad brasileña. En su primer test en unas elecciones mayoritarias, venció. Fue una victoria que lo erigió en una posible figura política fuerte dentro de un partido que había perdido a sus principales nombres por el escándalo de la compra de apoyo parlamentar en 2005, el caso Mensalão.

Pero las esperanzas del PT de formar una nueva figura fuerte en São Paulo duraron poco. En menos de seis meses, la luna de miel de la población llegó a su fin. En junio de 2013, Haddad vio brotar en sus calles un movimiento contrario al aumento de las tarifas del transporte público que empezó con timidez, casi sin peso. Pero acabó incendiándose ante las fuertes imágenes de truculencia de la Policía Militar de Brasil. En pocos días, la situación se descontroló y el profesor de Ciencias Políticas acabó siendo acusado de no tener habilidades políticas por no haber sabido dialogar para contener la revuelta. El movimiento se propagó por el país, aglutinando una mezcolanza de insatisfacciones de una clase media descontenta con el PT. Fue el primer hito importante de la crisis política brasileña, que culminó con el impeachment de Dilma Rousseff y que se arrastra hasta hoy, marcando las actuales elecciones. Por aquel entonces, la popularidad de los políticos del país se desplomó en su conjunto, al igual que la confianza de la gente en los partidos en general.

Durante los años siguientes, Haddad “patinó” en el ayuntamiento. Sin dinero debido a la recesión que comenzaba, apostó en políticas más baratas, como la instalación de una red de carriles bici que benefició, especialmente, al centro expandido – y más rico – de la capital. Apostó asimismo en políticas estructurales, pero de difícil percepción popular, como el nuevo Plan Director, que diseñó la ciudad hasta 2030 y considerado por los urbanistas como de altísima calidad. Falló en su estrategia de comunicación, al no mostrar claramente lo que hizo —y cuando se le preguntaba sobre ello, argumentaba que, con el tiempo, la población reconocería su gestión y decía que su métrica de éxito no era su reelección, algo que enfadó a su partido—.

Y, finalmente, hizo menos de lo que los más pobres esperaban en temas importantes para la población periférica: no redujo las filas de espera de los hospitales ni la de las plazas de las guarderías, por ejemplo. Así las cosas, no logró la reelección al perder, ya en la primera vuelta, contra el candidato del PSDB João Doria.

Pasados dos años, en los cuales regresó a la academia mientras la crisis del PT se ahondaba con el caso Lava Jato, el exalcalde nunca entonó un mea culpa real de sus equivocaciones políticas, que acabaron costándole al partido el extrarradio de la ciudad que siempre fue un bastión. Tampoco hizo una sola crítica frontal a la corrupción practicada por los miembros de su agrupación —dos hechos con los que ahora deberá ser sistemáticamente confrontado durante su campaña como presidenciable.

En una campaña donde el principal líder político de la izquierda ha sido apartado por sus complicaciones con la Justicia, Haddad se ha convertido en una especie de salvador accidental del PT. Un heredero medio que por casualidad del legado electoral de Lula —un legado, dicho sea de paso, es mucho más grande que la expresión política posible de un exalcalde que ni siquiera logró la reelección. No era, por ello, el heredero esperado de buena parte del partido, que prefería un nombre que tuviera más peso en la región Noreste —o que se acercase más a los electores que no fuesen la izquierda de las zonas céntricas de São Paulo y sus variables por Brasil.

Si tiene esas debilidades señaladas por sus adversarios internos, Haddad se refuerza como una opción capaz de captar los votos progresistas que se alejaron del partido a partir de 2002, primero con el fisiologismo de las alianzas con el PMDB (Partido del Movimiento Democrático Brasileño), del actual presidente Michel Temer, después con los escándalos de corrupción que culminaron en la detención de Lula. El reputado profesor aporta al partido una imagen de mayor rectitud que agrada a la clase media ideológica decepcionada. Pero, en este caso, no esta solo. Tendrá que disputar ese puesto en la preferéncia del electorado de izquierdas con los también exministros de Lula Ciro Gomes o Marina Silva, también candidatos.

Según el último estudio del instituto Datafolha, Ciro e Marina están empatados técnicamente en la segunda posición con Haddad, junto con Geraldo Alckmin, del centro-derechista PSDB, rondando el 10% ( adelante de todos va el ultra Jair Bolsonaro, con 24%).

Sea como sea, como la lección de São Paulo ya ha mostrado, no es la clase media de izquierdas que decide unas elecciones. Y la incógnita estará en cómo Lula en la cárcel —y, por lo tanto, imposibilitado de hablar personalmente con las masas— logrará transferirle al menos la mitad de sus casi 40% de posibles votos para que un académico de São Paulo versado en Marx llegue a la segunda vuelta. Haddad sabe, y así fue orientado internamente en el PT a hacerlo, que necesita aprender a hablar con el Brasil real, ese que no se disputaría sus clases en la USP, para probar que entiende las penurias que viven los más pobres, a pesar de residir en una zona del país que acumula privilegios. Tendrá que probar que es el PT del origen, ideológico, pero también el consagrado por el lulismo, para las masas. Tendrá, ante todo, que probar que representa al PT —por eso, el partido en sus campañas debe centrarse en el voto al 13, como si Haddad fuese un mero enviado de Lula.

Pero, después, si consigue cumplir la tarea que Lula le encomendó de llegar a la segunda vuelta, tendrá que empezar de cero, y en el sentido opuesto. Si llega a la batalla final contra Bolsonaro, uno de los probables dueños de esa plaza, el reto será demostrar que él no es de ese PT de pura cepa, un camino para hacerse con los votos más moderados, que no están de acuerdo con el radicalismo del militar retirado, pero que, a la vez, no soportan a Lula. Esa es la doble lección que el profesor tendrá que aprenderse en 47 días.

El País

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